Por Alberto Medina
Xalapa, Ver. | Vivo muy cerca de Plaza Crystal y uno de los antiguos veladores de la plaza era amigo de mi papá. Muchos años después de haberse retirado nos contó que cuando entró a trabajar allí, en la época en que se acababa de inaugurar el complejo, sucedía algo completamente escalofriante dentro del lugar, que hacía que muy pocos veladores duraran mucho tiempo en el trabajo.
Contexto. Muchos xalapeños recordarán que en una navidad a principios de los años 90 pusieron la jugueteria en un sótano junto a la entrada principal del Chedraui, en el interior de la plaza. Ese sótano aún existe, pero hoy se ocupa como bodega del mobiliario que ya no se usa. La cortina metálica que da acceso a él sigue estando al lado de la puerta corrediza que está cerca de los cajeros y la farmacia, y mucha gente pasa junto a ella todos los días. Directamente detrás de esta cortina se encuentran unas escaleras muy inclinadas, con un pasamanos tubular en medio y que descienden a una pequeña área donde, como dije, alguna vez estuvo la jugueteria en época decembrina. Como a muchas personas, a mí me tocó entrar con mis papás en esa ocasión. Es un lugar bastante lúgubre y pequeño, de no más de 20 m² en forma triangular y la entrada te da la impresión de bajar por un túnel hacia una cueva. No puedo comprender su propósito original, además de ser una bodega de difícil acceso, ya que aparentemente no se conectaba con otras zonas de la plaza.
Pues según el amigo de mi papá, que cabe mencionar era una persona mayor y seria cuando nos contó esto, en la época que trabajó allí, todas las noches en punto de las 3 de la mañana salía de ese mismo sótano un enorme perro negro. Primero se escuchaban fuertes golpes desde el interior, esa era la señal para los empleados de que la hora se acercaba. Entonces, llegado el momento, el animal traspasaba fantasmalmente la cortina y, con los ojos rojos como lumbre, recorría toda la tienda. Las pocas luces que se dejaban encendidas de madrugada comenzaban a parpadear y los empleados se quedaban quietos llenos de espanto, rogando por que eso no pasara cerca de ellos. Y fueron pocos quienes se atrevieron a mirarlo de cerca, porque no tenía rostro de perro… Una vez terminado el rondín, la aparición volvía al lugar de donde había salido, atravesando la cortina y dejando un fuerte olor a azufre tras de sí, mientras se escuchaban extraños ruidos y lamentos que provenían desde el sótano. Quien nos contó esto creía firmemente que aquella entidad se encargaba de cuidar la tienda, en una especie de oscuro ritual.
Este suceso se repetía noche tras noche sin falta. Los empleados estaban advertidos y muchos no creyeron hasta que lo vieron con sus propios ojos. No tengo conocimiento de hasta cuándo continuó pasando esto o si hoy sigue sucediendo. Ojalá alguien de la audiencia que haya trabajado o trabaje allí y sepa también del asunto pueda dar más detalles, tanto del propósito de ese misterioso sótano como de aquel espanto.